29 de Noviembre

El 29 de Noviembre en mi familia es tan o más importante que la Navidad. Mis tíos y primos llegaban de Lima y Trujillo, mi mamá pedía día libre en el trabajo, mamá Betty con ayuda de tía Amada preparaban deliciosos potajes. Toda la familia nos reuníamos a celebrar el cumpleaños del patriarca de los Trujillo: Papá Coco. Un hombre sabio, agradecido con Dios, sin rencores, querido y respetado por todas las personas que lo conocían, de mil historias y anécdotas que contar, de divertidas ocurrencias, el de los apodos (nadie se salvaba) como no recordar: “Cabellito de ángel”, “Talegón”, “Pasos tristes”, “La nuca”, “El nieto de Miguel Grau”, “Canifo”, “José Feliciano”, “Maizundo”, “Vieja loca”, “La urraca”, “Cuaya”. Como dice tía Lola: un hombre que supo vivir.

Lejos están los días en que toda su familia nos reuníamos alrededor de la mesa a celebrar esta fecha. Esa mesa de madera antigua que se agranda al jalar de los extremos; no obstante, dejamos de agrandarla porque una vez se llenó de cucarachitas, por eso mejor se optó por traer una o dos mesas chicas del “Comedor” y colocarlas junto a la mesa grande. Al ritmo de música criolla comenzábamos a degustar el exquisito almuerzo; mientras que el cumpleañero nos iba contando anécdotas de su época de pescador, de sus días en su Santiago querido, recuerdos de sus hermanos y amigos. No se hacían esperar las bromas de tío Lucho (una más graciosa que la otra), los disparates de Pepe, las precisas de tía Amada, las risas estruendosas de mi mamá y tía Lola, las historias de dinosaurios de Luis (las contaba parándose de la mesa y abriendo bien los ojos), las ocurrencias de tía Natty (en voz baja pero qué tales carcajadas que producía) y  el  “Retotetoté” de mi papá.

Con el transcurrir del tiempo, las ausencias en la mesa  fueron tratadas de llenar con llamadas telefónicas y video llamadas. Hoy es un 29 diferente, aún con varias ausencias; pero, principalmente, con la ausencia del cumpleañero.

Hace dos meses que papá Coco comenzó una gira por el universo. Se convirtió en un ángel que cuida nuestros pasos y siempre estará en nuestra mente, corazón y espíritu.

Puedo decir que él vivía complacido con la vida y agradecido con nuestro Señor por los hijos que le dio; por el tiempo que le permitió gozar de ellos; por el amor y la unión familiar que supo, junto a mamá Betty, inculcarnos. Será por esto último que aquellos días de reuniones familiares y celebraciones se sienten tan cercanos.

Me reconforta saber que él es feliz por el legado que nos dejó acá y por haberse reencontrado con sus hermanos y padres, allá. Sé, también, que un día nos volveremos a reencontrar todos los que estuvimos presentes en su cumpleaños y en las celebraciones de fin de año del 2002 (el último año en que estuvimos todos sus hijos y nietos presentes) y al son de Una Flor de Capulí nos abrazaremos, bromearemos y reiremos.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS PAPÁ COCO!

Jungle Trip

Como regalo por haber culminado la carrera de Derecho, mi hermana mayor me regaló un viaje a la selva. Viajé con Betty, mi hermana, y Katty, mi mejor amiga de la universidad.

Con meses de anticipación compramos los pasajes aéreos: Lima – Tarapoto – Lima para el día seis de Febrero.

Faltando pocas semanas para nuestro viaje comenzamos a planear el itinerario para esos siete días. Hacía poco que mi hermana había terminado de coleccionar la guía de viajes de El Comercio así que nos enfrascamos en lo recomendado en esa guía. Según lo encontrado en Internet sobre el clima en esas fechas, debíamos llevar ropa impermeable y ligera. Así que empacamos pura ropa de verano. Por si acaso metí en mi maletín un pantalón y un paraguas. Pensé que con el paraguas sería suficiente para un día lluvioso. Fiel a mi carácter terco, dejé de lado la casaca impermeable que mi mamá me insistió en que llevara.

  • Día Uno:

Llegó el gran día de explorar la selva. Katty nos esperaba en el aeropuerto Jorge Chávez. Ya sentadas en el avión empezamos a comparar nuestras listas de destinos imperdibles que habíamos considerado: Sauce, cataratas, Moyobamba, Chachapoyas, Rioja (todo me sonaba a vegetación). Betty que tenía varios amigos que habían visitado la zona, nos contaba que todos los lugares quedan cerca. Que podíamos ir de un lugar a otro en Minivan o en auto.

Le volví a preguntar a mi hermana: ¿Nos alcanzará el tiempo para ir a Chachapoyas?

  • Está cerca a Moyobamba. Además si no es ahora ¿Cuándo?.
  • Hay varios lugares turísticos en Chacha, no creo que alcancemos a ir a todos. Dijo Katty.
  • No, a todos no, pero al menos debemos ir a Kuélap y a la catarata Gocta. Repuso Betty.
  • Leí que para llegar a la catarata hay que caminar varias horas. Afirmó Katty.
  • Sí la hacemos. Dijo Betty con el espíritu excursionista que la caracteriza.
  • Bueno en el mapa se ve cerquita. Agregué esperanzada.

Me senté en la ventana, para mi suerte era un día despejado. Fue alucinante ver como pasamos de la costa árida, a las montañas rocosas y de pronto el panorama se va tornando verde y después todo es verde. Se ve claramente como la selva es mucho más extensa que las otras dos regiones.

La primera impresión al bajar del avión, después de casi una hora de viaje, fue de sofocación. Se sentía como si de la pista emanara vapor. La humedad era muy alta. Tomamos una mototaxi y al son de Papilón comenzó nuestro recorrido por la ciudad de Tarapoto. Le pedimos al joven conductor sugerencias de hotel que cumpla con las tres B: bueno, bonito y barato. Nos llevó a un hotel grande, limpio, con piscina, no tan barato pero bonito. Alquilamos una habitación triple, nos cambiamos de ropa y lo primero que hicimos fue ir por bebidas refrescantes. Siguiendo la sugerencia de la guía de viajes, llegamos a una juguería frente a la plaza de Armas, al costado de una esquina. Es una lástima no recordar el nombre de esa juguería porque el jugo de sandía que probé ahí  ha sido el jugo más rico que he probado en mi vida.

Después de hidratarnos fuimos a una agencia de turismo. Nuestra primera parada fue Ahuashiyacu, catarata cerca de la ciudad. Los carros llegan hasta un punto donde venden artesanías. Luego se debe caminar entre vegetación y puentes de madera. Se va escuchando la caída del agua y se siente el olor a tierra húmeda. Había muchos turistas. Todos encantados cuando por fin iban llegando a la catarata. Pese a lo que pensaba, el agua estaba bien fría y había muchas piedras en punta. La próxima vez que visite cataratas llevaré zapatos acuáticos.

Disfrutamos del paisaje hermoso y nos dio hambre. Al promediar tres de la tarde llegamos a almorzar a La Collpa. Primera vez que probaba los patacones, bueno, primera vez que probaba todo ahí: jugo de cocona, doncella frita, cecinas. Todo delicioso.

Al regresar a Tarapoto hemos comido cremoladas y dimos unas vueltas por el centro de la ciudad.

  • Día Dos:

Visitamos un zoológico rural, animales que nunca había visto ni en libros. Luego fuimos a Lamas, donde compramos artesanías. Caminamos por sus calles y visitamos El Castillo que recién había sido inaugurado. Caminamos bastante ese día y sacamos fotos preciosas de cada paisaje. Por la tarde nos embarcábamos hacia la ciudad de las orquídeas, Moyobamba. Llegamos poco más de las seis de la tarde. En esta ciudad el clima es más fresco, corre viento, la gente es muy amable. Alquilamos una pequeña habitación con dos camas en un hospedaje modesto. Salimos a recorrer su plaza de armas y calles aledañas. Entramos a un restaurante que la guía de viajes recomendaba y probamos “las culonas”, hormigas grandes fritas, diferente al Suri. Sabrosas aunque no pude terminar el plato.

  • Día tres:

Fuimos al distrito de  Calzada y subimos el Morro de Calzada. Subimos sin guía, el camino estaba señalizado. Los mosquitos y zancudos hicieron su agosto con nosotras. Para variar Betty nos sacó harta ventaja en la subida y en la bajada, también. Llegamos a la cima, encontramos a otras personas sacándose fotos. Es un mirador, lástima que esa mañana estaba nublada. Visitamos, también, la ciudad de Rioja donde almorzamos en el restaurante Yacumama, exquisito y bonita arquitectura del local. Esa misma tarde debíamos salir a Chachapoyas que resultó no estar tan cerca como creíamos.

En el terminal de buses vimos varias propagandas de destinos como: Jaén, Bagua, Cutervo entre otras ciudades. No pudimos evitar tomarnos una foto en un muro que decía Cutervo, nos acordamos de nuestra buena amiga cutervina, Anacely, y quedamos en ir a conocer esa hermosa tierra. Hasta el día de hoy no hemos ido pero iremos. Prometido.

El viaje a Chachapoyas fue muy pesado. Primero porque no sabíamos que estaba a casi cinco horas de Moyobamba (nos enteramos el primer día de nuestro viaje por eso no pudimos recorrer más Moyo).

Segundo porque el bus nos dejó en la ciudad de Pedro Ruiz. No había buses directo de Moyobamba a Chachapoyas. Los buses paran en medio de la carretera y los que van a Chachapoyas bajan y deben tomar un auto. Nos dijeron que tengamos mucho cuidado con nuestro equipaje ya que Pedro Ruiz es una ciudad muy movida. Las tres bajamos del bus temerosas. Tenían razón, es una ciudad recontra movida. Hay buses que van y vienen de forma desordenada, motos lineales por doquier, choferes ofreciendo llevarte a distintos lugares cercanos, viajeros que, como nosotras, no sabían por dónde ir, y gente de a pie. La carretera de Pedro Ruiz a Chachapoyas es buenísima, o sería que en ese entonces era nueva, lo cierto es que estaba muy bien iluminada y asfaltada. Pero las curvas, Dios mío las curvas, toda esa hora de viaje fueron curvas.

Tercero porque hacía frío y sólo habíamos llevado ropa de verano. Resulta que Chachapoyas es sierra, no ceja de selva como creíamos. Felizmente mi mamá metió una casaca impermeable en mi maletín, eso fue, junto al pantalón, lo más abrigador que llevé al viaje.

Llegamos a Chacha a las nueve de la noche. Encontramos un hotel a un par de cuadras de la plaza de armas. Ni bien entramos a la habitación me tumbé en la cama y me tapé. Me dolía la cabeza, tenía frío y me estaba dando el soroche. Betty y Katty me dijeron para ir a la plaza y comer algo pero yo no podía levantarme. Les encargué que me compraran un Gravol y un Mate de Coca.

  • Día cuatro:

Destino Kuélap. Esperamos un rato que aparezcan más turistas para que la minivan pueda partir. No pensábamos que la ciudadela quedaba tan lejos de la ciudad. En el camino empezó a llover. No hacía tanto frío como en la noche anterior pero hubiese deseado tener una chompa. Después de casi tres horas de viaje llegamos a la fortaleza. El guía nos recomendó tener cuidado con las escalinatas, por lo que el sendero estaba húmedo. Era emocionante estar en Kuélap incluso con ese clima. Lamentablemente Febrero es un pésimo mes para visitarlo debido a las lluvias.  Está tan nublado y con tanta neblina que no se puede admirar su belleza en su totalidad. Recorrimos los pasajes, subimos escalinatas, bajamos escalinatas, me caí, nos reímos y tomamos hartas fotos. Ahora después de siete años veo esas fotos con nuestros impermeables todos mojados, se nota que teníamos frío pero se nos ve felices, y  lo estábamos.

Con ese clima no estaban saliendo las excursiones a Gocta ni a Karajía. Conclusión: nunca vayan a Chachapoyas en Febrero.

  • Día Cinco:

Regresamos a Tarapoto en busca de la Laguna Azul, Sauce. Un paraíso terrenal. Subimos a una gran balsa donde también suben autos y hasta camiones. Si no me equivoco, el rio que cruzamos fue el Mayo. Betty decía que se sentía como en la Serpiente de Oro.

Recuerdo haber pensado que debía regresar a Sauce con mi novio y alquilar uno de esos bungalows alredor de la laguna.

  • Día seis:

Betty guardó el número de celular del mototaxista que nos llevó al zoológico. Nos dijo que él nos podía hacer las carreras los siguientes días. Llamamos al señor Mochito (él nos pidió que lo llamáramos así). Nos contactó con su “primo” con quien hicimos rafting en el río Mayo. Fue una experiencia sensacional. Lo máximo. Full adrenalina. Ahí mismo conocimos a un joven ingeniero que estaba de visita sólo por un día en Tarapoto. Nos subimos los cuatro juntos a la balsa, más el guía y más el “primo del señor Mochito” quien nos invitó una copa de SVSS (Siete Veces Sin Sacar) a cada uno antes de empezar con el canotaje.

Ya podía morir tranquila. Había nadado en mar, laguna y río. El señor Mochito se encargó de sacarnos las fotos en plena acción. Son unas fotos geniales. Luego de nuestra aventura fuimos a almorzar con nuestro nuevo amigo. Por la noche fuimos a la juguería de la plaza de armas por el jugo de sandía que sabía que no volvería a tomar en mucho tiempo. Compramos cocteles de todos los sabores. Deliciosos. Que Baileys ni Baileys. Esa noche salimos de rumba a Anaconda, sólo estuvimos un rato porque estábamos muy cansadas.

  • Día siete:

De regreso a Lima. Amaneció lloviendo y no paró hasta que despegó el avión, al medio día.

Recuerdo con muchísimo cariño ese viaje por lo anecdótico de creer que Chachapoyas era ceja de selva. Por no llevar más que un pantalón tobillero y una casaca impermeable. Por pensar que las distancias eran cortas como en el mapa. Por haber probado “las culonas”. Por haber comido tan delicioso. Por haber hecho canotaje. Por haber nadado y soñado en la Laguna Azul. Por haber compartido esa experiencia con Betty y Katty.

La historia de mi nombre

Recuerdo que desde pequeña preguntaba a mis papás por qué habían elegido ponerme de nombre Lizbeth Zunilda.

Siempre las mismas respuestas. Mi papá decía: tu tía Lola escogió ese nombre y como tu mamá hace caso en todo a su hermana…y Zunilda por tu tía Zuni.

Mi mamá decía: tu tía Lola eligió ese nombre por la actriz de una novela creo y  Zunilda te puso tu papá por su hermana. Yo le dije que te ponga Zuni pero como él fue solo a asentarte, vino con Zunilda. Yo quería ponerte de nombre Lizbeth Yesenia. Y yo le sigo expresando lo mismo desde pequeña: prefiero Zunilda mil veces a Yesenia. Además en mi salón ya había una niña que se llamaba Lizbeth Yesenia.

Queda claro que mi nombre Zunilda me lo pusieron en honor a mi tía Zuni, hemana mayor de mi papá. Le lleva quince años y lo sigue tratando como niño pequeño.

A mí me hubiera gustado llamarme Itala. Nombre de mi abuelo paterno al que no conocí mucho en persona pero que a través de las historias que nos cuenta mi papá llegué a conocer, admirar y querer. Terrateniente arequipeño, robusto, ojos verdes, trabajador, fuerte en todos los sentidos de la palabra. No obstante, era terco como él solo. Para mí su nombre fue siempre sinónimo de fortaleza y elegancia.

Para conocer con certeza el por qué de la elección de mi nombre Lizbeth tuve que llamar por teléfono  a mi tía Lola. Hermana menor de mi mamá. Su nombre es Mariela pero en casa le decimos Lola por su segundo nombre que es Dolores. Vive en New Jersey. Es una mujer de espíritu joven, autodidacta, muy sabia y admirable. Los tres meses que viví en su casa me hizo sentir como si estuviera en la mía. Me escuchó y la escuché.

Al preguntarle por la sugerencia de nombre que hizo a mis papás hace treinta años, no lo recordaba. Le fui contando que me inscribí en un taller de escritura y como tarea tenía que presentar un relato sobre la historia de mi nombre. Entre risas mi tía me dijo: hija yo siempre quería poner los nombres a mis sobrinos porque no me gustaban los que sus papás elegían y yo era bien espesa en esa época, me hacían caso en todo. Poco a poco fue recordando que mi nombre lo escogió por el nombre de una miss universo puertorriqueña de aquellos años. Su nombre era: Lisseth Ramis. Le agregué la B me dijo y así quedó Lizbeth.

En la realidad son pocos los que me llaman Lizbeth. Mi familia y amigos me llaman Lichi, mi mamá me contó que fue mi tía abuela Chela la que empezó a llamarme así cuando yo sólo era una bebé de días de nacida.

Me da mucho gusto que haya sido mi tía Lola la que haya escogido mi nombre. No sólo le agradezco que me haya recibido en su casa cuando llegué rota, en todos los sentidos, y que  me haya devuelto recompuesta. Sino también, ahora, le agradezco mi nombre.

El inicio

Hace unos meses sentí la necesidad de volver a escribir como lo hacía de pequeña por eso es que en El laberinto de Zu daré rienda suelta a mi pasión que es Escribir.

Iré compartiendo algunos relatos, artículos de opinión y/o reflexiones.

Gracias por darte una vuelta por aquí 😊.