Jungle Trip

Como regalo por haber culminado la carrera de Derecho, mi hermana mayor me regaló un viaje a la selva. Viajé con Betty, mi hermana, y Katty, mi mejor amiga de la universidad.

Con meses de anticipación compramos los pasajes aéreos: Lima – Tarapoto – Lima para el día seis de Febrero.

Faltando pocas semanas para nuestro viaje comenzamos a planear el itinerario para esos siete días. Hacía poco que mi hermana había terminado de coleccionar la guía de viajes de El Comercio así que nos enfrascamos en lo recomendado en esa guía. Según lo encontrado en Internet sobre el clima en esas fechas, debíamos llevar ropa impermeable y ligera. Así que empacamos pura ropa de verano. Por si acaso metí en mi maletín un pantalón y un paraguas. Pensé que con el paraguas sería suficiente para un día lluvioso. Fiel a mi carácter terco, dejé de lado la casaca impermeable que mi mamá me insistió en que llevara.

  • Día Uno:

Llegó el gran día de explorar la selva. Katty nos esperaba en el aeropuerto Jorge Chávez. Ya sentadas en el avión empezamos a comparar nuestras listas de destinos imperdibles que habíamos considerado: Sauce, cataratas, Moyobamba, Chachapoyas, Rioja (todo me sonaba a vegetación). Betty que tenía varios amigos que habían visitado la zona, nos contaba que todos los lugares quedan cerca. Que podíamos ir de un lugar a otro en Minivan o en auto.

Le volví a preguntar a mi hermana: ¿Nos alcanzará el tiempo para ir a Chachapoyas?

  • Está cerca a Moyobamba. Además si no es ahora ¿Cuándo?.
  • Hay varios lugares turísticos en Chacha, no creo que alcancemos a ir a todos. Dijo Katty.
  • No, a todos no, pero al menos debemos ir a Kuélap y a la catarata Gocta. Repuso Betty.
  • Leí que para llegar a la catarata hay que caminar varias horas. Afirmó Katty.
  • Sí la hacemos. Dijo Betty con el espíritu excursionista que la caracteriza.
  • Bueno en el mapa se ve cerquita. Agregué esperanzada.

Me senté en la ventana, para mi suerte era un día despejado. Fue alucinante ver como pasamos de la costa árida, a las montañas rocosas y de pronto el panorama se va tornando verde y después todo es verde. Se ve claramente como la selva es mucho más extensa que las otras dos regiones.

La primera impresión al bajar del avión, después de casi una hora de viaje, fue de sofocación. Se sentía como si de la pista emanara vapor. La humedad era muy alta. Tomamos una mototaxi y al son de Papilón comenzó nuestro recorrido por la ciudad de Tarapoto. Le pedimos al joven conductor sugerencias de hotel que cumpla con las tres B: bueno, bonito y barato. Nos llevó a un hotel grande, limpio, con piscina, no tan barato pero bonito. Alquilamos una habitación triple, nos cambiamos de ropa y lo primero que hicimos fue ir por bebidas refrescantes. Siguiendo la sugerencia de la guía de viajes, llegamos a una juguería frente a la plaza de Armas, al costado de una esquina. Es una lástima no recordar el nombre de esa juguería porque el jugo de sandía que probé ahí  ha sido el jugo más rico que he probado en mi vida.

Después de hidratarnos fuimos a una agencia de turismo. Nuestra primera parada fue Ahuashiyacu, catarata cerca de la ciudad. Los carros llegan hasta un punto donde venden artesanías. Luego se debe caminar entre vegetación y puentes de madera. Se va escuchando la caída del agua y se siente el olor a tierra húmeda. Había muchos turistas. Todos encantados cuando por fin iban llegando a la catarata. Pese a lo que pensaba, el agua estaba bien fría y había muchas piedras en punta. La próxima vez que visite cataratas llevaré zapatos acuáticos.

Disfrutamos del paisaje hermoso y nos dio hambre. Al promediar tres de la tarde llegamos a almorzar a La Collpa. Primera vez que probaba los patacones, bueno, primera vez que probaba todo ahí: jugo de cocona, doncella frita, cecinas. Todo delicioso.

Al regresar a Tarapoto hemos comido cremoladas y dimos unas vueltas por el centro de la ciudad.

  • Día Dos:

Visitamos un zoológico rural, animales que nunca había visto ni en libros. Luego fuimos a Lamas, donde compramos artesanías. Caminamos por sus calles y visitamos El Castillo que recién había sido inaugurado. Caminamos bastante ese día y sacamos fotos preciosas de cada paisaje. Por la tarde nos embarcábamos hacia la ciudad de las orquídeas, Moyobamba. Llegamos poco más de las seis de la tarde. En esta ciudad el clima es más fresco, corre viento, la gente es muy amable. Alquilamos una pequeña habitación con dos camas en un hospedaje modesto. Salimos a recorrer su plaza de armas y calles aledañas. Entramos a un restaurante que la guía de viajes recomendaba y probamos “las culonas”, hormigas grandes fritas, diferente al Suri. Sabrosas aunque no pude terminar el plato.

  • Día tres:

Fuimos al distrito de  Calzada y subimos el Morro de Calzada. Subimos sin guía, el camino estaba señalizado. Los mosquitos y zancudos hicieron su agosto con nosotras. Para variar Betty nos sacó harta ventaja en la subida y en la bajada, también. Llegamos a la cima, encontramos a otras personas sacándose fotos. Es un mirador, lástima que esa mañana estaba nublada. Visitamos, también, la ciudad de Rioja donde almorzamos en el restaurante Yacumama, exquisito y bonita arquitectura del local. Esa misma tarde debíamos salir a Chachapoyas que resultó no estar tan cerca como creíamos.

En el terminal de buses vimos varias propagandas de destinos como: Jaén, Bagua, Cutervo entre otras ciudades. No pudimos evitar tomarnos una foto en un muro que decía Cutervo, nos acordamos de nuestra buena amiga cutervina, Anacely, y quedamos en ir a conocer esa hermosa tierra. Hasta el día de hoy no hemos ido pero iremos. Prometido.

El viaje a Chachapoyas fue muy pesado. Primero porque no sabíamos que estaba a casi cinco horas de Moyobamba (nos enteramos el primer día de nuestro viaje por eso no pudimos recorrer más Moyo).

Segundo porque el bus nos dejó en la ciudad de Pedro Ruiz. No había buses directo de Moyobamba a Chachapoyas. Los buses paran en medio de la carretera y los que van a Chachapoyas bajan y deben tomar un auto. Nos dijeron que tengamos mucho cuidado con nuestro equipaje ya que Pedro Ruiz es una ciudad muy movida. Las tres bajamos del bus temerosas. Tenían razón, es una ciudad recontra movida. Hay buses que van y vienen de forma desordenada, motos lineales por doquier, choferes ofreciendo llevarte a distintos lugares cercanos, viajeros que, como nosotras, no sabían por dónde ir, y gente de a pie. La carretera de Pedro Ruiz a Chachapoyas es buenísima, o sería que en ese entonces era nueva, lo cierto es que estaba muy bien iluminada y asfaltada. Pero las curvas, Dios mío las curvas, toda esa hora de viaje fueron curvas.

Tercero porque hacía frío y sólo habíamos llevado ropa de verano. Resulta que Chachapoyas es sierra, no ceja de selva como creíamos. Felizmente mi mamá metió una casaca impermeable en mi maletín, eso fue, junto al pantalón, lo más abrigador que llevé al viaje.

Llegamos a Chacha a las nueve de la noche. Encontramos un hotel a un par de cuadras de la plaza de armas. Ni bien entramos a la habitación me tumbé en la cama y me tapé. Me dolía la cabeza, tenía frío y me estaba dando el soroche. Betty y Katty me dijeron para ir a la plaza y comer algo pero yo no podía levantarme. Les encargué que me compraran un Gravol y un Mate de Coca.

  • Día cuatro:

Destino Kuélap. Esperamos un rato que aparezcan más turistas para que la minivan pueda partir. No pensábamos que la ciudadela quedaba tan lejos de la ciudad. En el camino empezó a llover. No hacía tanto frío como en la noche anterior pero hubiese deseado tener una chompa. Después de casi tres horas de viaje llegamos a la fortaleza. El guía nos recomendó tener cuidado con las escalinatas, por lo que el sendero estaba húmedo. Era emocionante estar en Kuélap incluso con ese clima. Lamentablemente Febrero es un pésimo mes para visitarlo debido a las lluvias.  Está tan nublado y con tanta neblina que no se puede admirar su belleza en su totalidad. Recorrimos los pasajes, subimos escalinatas, bajamos escalinatas, me caí, nos reímos y tomamos hartas fotos. Ahora después de siete años veo esas fotos con nuestros impermeables todos mojados, se nota que teníamos frío pero se nos ve felices, y  lo estábamos.

Con ese clima no estaban saliendo las excursiones a Gocta ni a Karajía. Conclusión: nunca vayan a Chachapoyas en Febrero.

  • Día Cinco:

Regresamos a Tarapoto en busca de la Laguna Azul, Sauce. Un paraíso terrenal. Subimos a una gran balsa donde también suben autos y hasta camiones. Si no me equivoco, el rio que cruzamos fue el Mayo. Betty decía que se sentía como en la Serpiente de Oro.

Recuerdo haber pensado que debía regresar a Sauce con mi novio y alquilar uno de esos bungalows alredor de la laguna.

  • Día seis:

Betty guardó el número de celular del mototaxista que nos llevó al zoológico. Nos dijo que él nos podía hacer las carreras los siguientes días. Llamamos al señor Mochito (él nos pidió que lo llamáramos así). Nos contactó con su “primo” con quien hicimos rafting en el río Mayo. Fue una experiencia sensacional. Lo máximo. Full adrenalina. Ahí mismo conocimos a un joven ingeniero que estaba de visita sólo por un día en Tarapoto. Nos subimos los cuatro juntos a la balsa, más el guía y más el “primo del señor Mochito” quien nos invitó una copa de SVSS (Siete Veces Sin Sacar) a cada uno antes de empezar con el canotaje.

Ya podía morir tranquila. Había nadado en mar, laguna y río. El señor Mochito se encargó de sacarnos las fotos en plena acción. Son unas fotos geniales. Luego de nuestra aventura fuimos a almorzar con nuestro nuevo amigo. Por la noche fuimos a la juguería de la plaza de armas por el jugo de sandía que sabía que no volvería a tomar en mucho tiempo. Compramos cocteles de todos los sabores. Deliciosos. Que Baileys ni Baileys. Esa noche salimos de rumba a Anaconda, sólo estuvimos un rato porque estábamos muy cansadas.

  • Día siete:

De regreso a Lima. Amaneció lloviendo y no paró hasta que despegó el avión, al medio día.

Recuerdo con muchísimo cariño ese viaje por lo anecdótico de creer que Chachapoyas era ceja de selva. Por no llevar más que un pantalón tobillero y una casaca impermeable. Por pensar que las distancias eran cortas como en el mapa. Por haber probado “las culonas”. Por haber comido tan delicioso. Por haber hecho canotaje. Por haber nadado y soñado en la Laguna Azul. Por haber compartido esa experiencia con Betty y Katty.

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