El regreso de Rodrigo

Los stilettos color nude tirados sobre el parquet de la habitación, el vestido color negro sobre la silla reclinable. A la derecha de la puerta, una guitarra colgada. En el escritorio había libros de Derecho, una laptop y papeles arrumados. Arriba de la cama había un mural decorado con fotografías de Marcela en vacaciones familiares, con amigos en diversas  ocasiones y, por supuesto, fotos con Renato. En el mural, también, estaban pegadas notitas con pensamientos y letras de canciones.

Abrió los ojos lánguidamente hasta recordar que aún no era fin de semana para poder dormir a sus anchas. ¡Mierda! Ocho y veinte. Presurosa salió de la cama pensando que probablemente el despertador se había malogrado y por eso no lo escuchó, como todas las mañanas, a las ocho menos quince. Mientras se duchaba pensaba que el Chilcano de Maracuyá era el culpable del ardor de estómago que estaba sintiendo.

Al salir de la ducha sonó su celular.

  • ¿Renato?
  • Quién más pues gorda.
  • ¡Amor! ¿Cómo estás? ¿A qué hora viajas?
  • Acabo de llegar.
  • ¿Por qué no me avisaste? Hubiese ido a esperarte al aeropuerto.
  • Porque te pones más histérica cuando te despiertan y el vuelo estaba para que aterrice a las cinco de la mañana sólo que se retrasó.
  • ¡Qué lindo! Más histérica…. No quisiste despertarme. Hiciste muy bien amorcito porque anoche salí con Katty y Ana, fuimos a “Taos”. Me quedé dormida. Marcela seguía envuelta en toalla buscando qué ropa ponerse.
  • ¿Ya estás yendo al Estudio?
  • Todavía ni me visto.
  • Eh… son exactamente las ocho y cuarenta de la mañana. Te llamo para almorzar juntos.
  • Ya amor sí, me llamas.
  • Sí gorda, te llamo plan de 1 pm.

Fácilmente Marcela pudo decidir que ponerse, gracias a la llamada de Renato. Vestido camisero color blanco.

Llegó al Estudio al promediar nueve y treinta de la mañana. La coartada de hoy día sería: trámites en Notaría. Al llegar, observó a un grupo de adultos mayores que por lo poco que llegó a oír estaban solicitando una entrevista con Jorge Cisneros, uno de los cinco laboralistas del Estudio. Buenos días señora Ana María, saludó un poco abochornada tratando de dejarse distinguir entre los jubilados que acaparaban todo el estante de la recepcionista. Buenos días doctora, la guapa mujer de cincuenta años la saludó con sonrisa pícara. La bisoña abogada se retiró despreocupada a su oficina, en el tercer piso, pensando que sus colegas no habían notado su tardanza; se irguió y con una expresión de alivio ingresó a su oficina, observó los expedientes sobre el escritorio y encendió su computadora. Al ponerse cómoda en su asiento, se quedó viendo la única fotografía que había en el escritorio, era un retrato abrazando a su madre, hace varios días que no hablaban.

  • Hola mamá ¿Cómo estás?
  • ¡Hijita!- Se sentía la sorpresa en su voz. ¿Cómo estás tú?, yo recién despertando.
  • ¡Quién como tú!
  • ¿Estás en el Estudio?
  • Sí, acabo de llegar, se me hizo tarde.
  • Segurito saliste anoche. Está bien que te diviertas Marcela pero tienes que ser más responsable.
  • Sí mamá no te preocupes.
  • A qué no adivinas con quién almorcé ayer.
  • ¿Con quién?
  • Te cuento cuando vengas. ¿Cuándo vas a venir?
  • Ay no seas así. ¿Por qué tanto misterio?
  • No es eso, sólo que no es importante y mejor charlamos cuando vengas.
  • Ya pues….
  • Rodrigo regresó.
  • Imagínate que cuando llegó a Lima llamó a Cata para decirle que salía para Chimbote. La pobre casi se cae, ni esperaba el regreso del hijo pródigo.
  • ¿Ah sí? Y ¿Llegó solo?
  • Llegó hace como cuatro días y sí llegó solo. Ayer que estuve en su casa conversamos un poco.
  • ¿Ah sí? bueno mami tengo que dejarte, se me han acumulado un montón de papeles, te llamo en la noche- Se moría por preguntar de qué conversó con Rodrigo pero se aguantó.
  • ¡Mira! voy a esperar tu llamada. Ven pronto nena que te extrañamos.
  • También los extraño. Besos a papá.

Al colgar el teléfono se quedó viendo el vacío… han pasado más de ocho años Marcela, no jodas, reaccionó. Sigue leyendo