Yo no quiero catorce de Febrero

Una vez más, el catorce de Febrero, el consumismo flameó su bandera. La parafernalia del amor en su máxima expresión. No es que esté en desacuerdo con ello, o sea, genial para los que tienen negocios y ese día la rompieron (florerías, restaurantes, hoteles, etc.) bien por ellos. De lo que quiero hablar es de la forma en que algunas personas necesitan evidenciar sus relaciones y los detalles que han recibido en San Valentín. Debo empezar reconociendo que alguna vez yo también caí en ello (subí una foto a Facebook con mi “mejor es nada” de ese entonces), pero en mi defensa puedo alegar que la descripción fue corta y nada empalagosa, es más creo que sólo fue un emoji.

Las publicaciones “de amor” que he visto en San Valentín me llevan a meditar sobre las varias parejas que conozco que son felices juntos (eso se nota), que llevan una relación sana, que crecen y se apoyan mutuamente (como tiene que ser), que han formado una familia, hasta han cruzado el charco sólo para pasar esta semana juntos; ellos no publican huachaferías, es más casi ni publican fotos juntos, a lo mucho uno de ellos publicó en sus redes sociales una foto donde se demuestra la complicidad existente entre él y su pareja, pero sin ninguna ostentación de su “amor” (total no necesitan demostrar nada a nadie).

Por otro lado, están aquellas parejas que les gusta “exhibir su felicidad”. Como dice mi primo, un hombre que sin haber estudiado Psicología es muy observador del comportamiento de las personas y de las relaciones interpersonales: en las relaciones de pareja las cosas deben fluir naturalmente sin estar en poses para los demás y que los enamorados deben tener necesariamente gustos a fines. Dice, también, que cuanta más galantería se ve, es más falso el sentimiento. Yo concuerdo con ello, me recuerda  a la máxima de Freud: “Cuanto más perfecto luzca uno por fuera, más demonios tiene adentro”.

No me explico cómo si no tienes una buena relación de pareja puedes publicar “miel” cuando lo que hay es “hiel” o sea por qué aparentar (no se puede ocultar el sol con un dedo), se engañan a ellos mismos, pero en  fin…

Hasta siento un poco de pena porque la mayoría de mis conocidos ya pasaron los treinta años y a esta edad no nos interesa tolerar comportamientos que demuestren poco respeto e indiferencia, al menos a mí no me interesa. Los amores tóxicos que todos, por lo  menos, alguna vez hemos tenido y de los cuales aprendemos qué es lo que es imposible de tolerar, deberían quedarse en los veinte y así al llegar a los treinta años ya estamos curtidos, ya no podemos volver a tropezar con lo mismo.

A los treinta ya conocemos nuestras debilidades y fortalezas, no deberíamos aceptar menos de lo que sabemos que merecemos. Tenemos bien claro qué tipo de pareja queremos, dejamos de lado el aspecto físico y nos fijamos en características internas. Lo que buscamos es complicidad y afinidad, nada de que los polos opuestos se atraen, ese floro dejémoslo para los veinte en donde pasamos por alto muchos detalles que ahora en ningún caso lo haríamos. No podemos ser felices con la apariencia de que lo somos porque sería una especie de traición a nosotros mismos.

Yo no quiero catorce de febrero con rosas, chocolates, una cena romántica y unas fotos perfectas. Yo quiero que el hombre que esté a mi lado me respete todo el año, tenga detalles conmigo en cualquier fecha, que me deje ser yo misma; y por supuesto, que sea él mismo, sin ninguna careta.

¡Abrazos!

Zu

INSOLACIÓN

Debido a que estudiaban en diferentes facultades, sus horarios coincidían poco; además vivían a cuarenta minutos de camino en micro por eso es que cuando se  encontraban, les costaba despedirse… Para el cumpleaños del abuelito de Marcela sus papás viajaron a visitarlo, ella no fue porque estaban próximos a empezar sus exámenes de fin de ciclo. Ese día ella no entró a su clase de Derecho Comercial,  Renato la estaba esperando en el “ovalo”, habían planeado pasar un rato juntos en Huanchaco. No era la primera vez que iban juntos a la playa, pero ese día fue especial porque él le tenía una sorpresa; además, había llevado su guitarra y Marcela era la presidenta y única integrante del club de fans de él 😌.

En el micro Renato tocó y cantó varias canciones, no tenía  vergüenza, era bien extrovertido. La gente los quedaba mirando. Por un momento a Marcela le dieron ganas de pedir colaboración mientras él tocaba, pero ella sí era vergonzosa… Después él, súper tierno, le dedicó  “More than words”, se cogieron de la mano y observaron el camino. Renato le dijo que a pesar que todos los días transitaba por la avenida Mansiche (de camino a la universidad), sentía que ese día era como si estuviera viendo todo por primera vez. ¡Qué cursi! A Marcela también le pareció de lo más meloso, pero estaba igual de templada al punto que comenzó a sorprenderse, también, con todo lo que iba mirando (como si lo estuviera viendo por primera vez) 💏 .

Llegaron a Huanchaco y lo primero que hicieron es ir a casa de Renato a dejar las mochilas. Salieron sólo con la guitarra. A pesar que era inicios de Diciembre, el sol estaba quemando fuerte. Marcela no se colocó bloqueador, no le gustaba ponerse porque le dejaba el cutis muy grasoso y Renato, a pesar que vivía a pocas cuadras de la playa, nunca se protegía la piel, era de tez blanca, en verano solía broncearse para luego volverse a aclarar.

Caminaron de la mano un rato por el muelle, comieron un helado y Renato insistió en ir a caminar por la orilla. Con la carita que puso, Marcela no pudo negarse, así le de la insolación de su vida. Era casi la una de la tarde. Doblaron sus jeans, se sacaron las zapatillas y caminaron un poco por la orilla, se besaron y Renato le dio una sorpresa: había compuesto una canción en acróstico con el nombre de ella “Marcela”, letra y acordes, ¡lo máximo! La cantó en ese momento. Marcela estaba emocionadísima, saltó a él y lo tumbó en la arena, nunca me han dado un regalo así, se besaron buen rato hasta adormitarse abrazados. Cuando vieron la hora ya eran la dos y media de la tarde. Fueron por un ceviche y luego a casa de Renato a recoger la mochila de ella. Se despidieron en el paradero de buses, Marcela fue la última en subir. Parecía que el tiempo juntos en la playa había sido eterno y que su amor era inquebrantable. Ella le hacía adiós con la mano, mientras que él le mandaba besos volados.

En los cuarenta minutos de camino a su casa, Marcela le escribió un mensaje de texto agradeciéndole por la canción que le compuso y por lo maravilloso que lo había pasado, también le dijo que no importaba que se hubiera quemado la cara y los brazos porque lo amaba con todo su corazón. Renato le respondió casi de inmediato: yo te amo más gordita, me encantas, más tarde te llamo.

Horas después, no se imaginan cómo le ardía la cara y los hombros a Marcela, tenía marcadas en la piel las tiritas del polo. Esa noche se colocó rodajas de tomate en la cara y una crema para las quemaduras en los hombros, en el pecho y en la espalda. Cuando se lo contó a Renato por teléfono, él se reía: pero eres tontita amor, por qué no usas protector solar, te voy a regalar una gorra para cuando vengas a Huanchaco ya. Yo sólo me quemé un poco las mejillas.

Al día siguiente, saliendo de clases en la tarde, él fue a verla a su aula. Cuando Marcela lo vio en el balcón parado y fumando, pensó: Renato coge un bonito bronceado, está tostadito, parece un melocotón; en cambio yo estoy roja, parezco un camarón y encima me arden los hombros y la cara.

A los pocos días ambos empezaron a cambiar de piel, se estaban pelando. Los dos trataron de verse más y de estar juntos más tiempo. Marcela lo esperaba en la casa de su amiga que vivía en una pensión al frente de la universidad, o a veces en el “óvalo”. Renato también la esperaba, en la entrada de su facultad o hacía hora con sus patas hasta que ella saliera de clases. Renato le decía a Marcela: felizmente ya falta poquito para salir de vacaciones y estar en la playa más tiempo. Marcela le respondía entre risas: ahora me pondré bloqueador así me deje la cara grasosa.

Además, como vivían lejos, acordaron adelantar un par de cursos en verano para que con esa excusa puedan verse más días a la semana sin que los papás de ella se molestasen porque saliera mucho.

Parece que la insolación que sufrieron juntos hizo más fuerte su amor. ¿O sería el acróstico? Lo cierto es que es bonito cuando te mueres por alguien y ese alguien se muere por ti, sin importar dónde, ni cómo, ni qué edad, ni en qué estación del año se encuentren. Sólo hacen falta las ganas y listo.

 

¡Nos seguimos leyendo!

Zu

ELLA

Ella nació en Pichunchuco, un pueblito en Santiago de Chuco (La Libertad), desde muy pequeña trabajó en el campo. De adolescente, ya en Chimbote, trabajó en una fábrica hasta que se casó a los dieciocho años (algo normal en los años cincuenta). Nunca le gustó depender del dinero que su esposo le daba para los gastos de la casa, pero con dos bebés no podía continuar trabajando en la fábrica.

Su esposo era pescador y a veces en su trabajo demoraban en pagarle. Un día ella no tuvo dinero para comprar un tarro de leche para sus bebés, fue a una bodega a fiar y el dueño se negó rotundamente. Eso fue el detonante para que ella comenzara a ahorrar lo poquito que le sobraba. Ella ya no quería seguir dependiendo de su esposo económicamente, quería sus propios ingresos; además, ya no le alcanzaba el dinero.

Con lo poquito que pudo ir ahorrando, comenzó a comprar abarrotes para venderlos en su casa. Tuvo que decirle a su esposo que el negocio era de su abuelita, que aprovechando la ubicación de su casa (en una esquina) tendría más ventas. Si ella le hubiera contado que ese pequeño negocio era suyo, él no hubiera estado de acuerdo con que su mujer trabajara, pues creía que lo que ganaba era suficiente (creencia común en los años sesenta). Él creyó lo que ella le dijo sin imaginarse que la venta de estos abarrotes se convertiría en una fructífera bodega.

Pocos años después, su esposo tuvo un accidente cuando se encontraba de pesca teniendo que abandonar el trabajo. Con seis hijos pequeños y con un negocio que iba creciendo, ella tomó las riendas de su familia. Tuvo que confesar a su esposo que el negocio era suyo, él se alegró bastante por la iniciativa que su mujer tuvo años atrás y comenzó a trabajar junto a ella. Para entonces ya contaba con varios trabajadores que se ocupaban de los quehaceres del hogar y del negocio. A todos ellos los quería y trataba como si fueran familiares, lamentablemente muchos de ellos se aprovecharon de su generosidad y confianza.

Sus hijos siguieron creciendo de la mano del negocio. Ya no sólo tenían una gran tienda de abarrotes, ahora también eran proveedores de víveres  y distribuidores de cervezas.

Ella era estricta con sus hijos en cuanto a horarios de llegada de las fiestas, pero muy permisiva en todo lo demás.

Con el tiempo, aprovechando la ubicación de su casa, se dedicó a dar pensión a los trabajadores del hospital y comisaría cercanos; además de conservar su bodega.

Ella trabajó muy duro para darle lo mejor a sus seis hijos. Y eso fue, precisamente, lo que les dio: oportunidades, educación, valores, integridad y un buen ejemplo.

Ella es la columna vertebral de mi familia y le agradezco inmensamente que me haya dado una madre tan virtuosa y emprendedora como ella, que haya tratado a mi papá como a un hijo más y que siempre haya un pan para mí en su casa.

Ella es mi mamá Betty, una mujer recontra trabajadora, abnegada y admirable.

TODOS SOMOS MÁS PARECIDOS QUE DIFERENTES

El otro día subí a un micro y oí que un pasajero cantaba y silbaba “I was made for lovin´ you baby” de Kiss, pensé que sería algún joven que después de cantar pediría una propina. Como no me gusta esa canción, no presté mucha atención; sin embargo, escuché que su pronunciación en inglés era muy buena y volteé a verlo. Para mi sorpresa el cantante era un jovencito con Síndrome de Down de unos trece o catorce años. Me llenó el corazón ver y escuchar a este adolescente inmerso en su canción. Qué habilidad para llevar el ritmo y cantar en otro idioma, sobretodo. Me hizo pensar en mi sobrino que también tiene Síndrome de Down y en lo talentosas que son estas personas. Mi sobrino está próximo a cumplir nueve años y le fascina leer cuentos y que se los lean. Es un deleite ver cómo disfruta de su lectura: se ríe, se sorprende, reconoce nuevas palabras y cuando no entiende alguna, continúa leyendo y reconociendo letras y armando palabras. Es mágico verlo  intentarlo (algo tan simple pero extraordinario).

Cuando el joven bajó del micro, bajó acompañado de, al parecer, su abuelito que lo llevaba del hombro amorosamente. Hay que resaltar y aplaudir los talentos de estas personas que son innatos, pero como sucede con todos los seres humanos, estas personas son el resultado de su crianza, amor, paciencia, perseverancia y apoyo de sus padres.

Es una gran alegría que vaya incrementando los ejemplos de emprendimiento de personas con Síndrome de Down y/o su incursión en diferentes artes y deportes. Hace poco, los noticieros daban a conocer a un grupo de muchachos con SDD que había aperturado una pizzería; asimismo, se supo del primer corredor de autos con un cromosoma de más, fabuloso ¿verdad? Ni que decir de los pintores, músicos y hasta modelos de pasarela y comerciales que tienen este síndrome. Llego a la conclusión que no se es más exitoso porque careces de una discapacidad o porque tienes una discapacidad menor, sino porque aprendiste a utilizar tu capacidad al máximo.

A menudo, observo que los padres que luchan por la igualdad (sin prejuicios ni etiquetas) ven a sus hijos como personas únicas, creen en ellos y los crían con amor y reglas (como la mayoría de padres de cualquier persona), con la única diferencia que tienen altas expectativas en enseñar a los demás el modo en que quieren que veamos a sus hijos.  Debemos tratar a estas personas como a cualquier persona: con respeto y aprecio. No los victimicemos. Tratemos a estos niños como cualquier niño con aprendizaje lento, tal es el caso de mi otro sobrino que sus papás con harta paciencia deben reforzar lo que le enseñan en la escuela (a veces valiéndose de profesores particulares), será lento para aprender matemática, comunicación, historia hasta educación física,  pero es muy bueno para las artes plásticas, música, cocina y en aprender la vida de todos los súper héroes 😁.

Mis dos sobrinos, uno con Síndrome de Down y el otro no, son como todas las personas, a algunos nos cuesta aprender más rápido que a otros determinada actividad y eso no nos hace diferentes.

 

“Si pudieras verlos como yo los veo podrías admirar su fortaleza, su pasión por la vida, su esfuerzo diario por alcanzar cosas simples pero increíbles. Verías dos corazones llenos de amor y dos almas llenas de compasión y gratitud por las pequeñas cosas que se vuelven gigantes en sus ojos. Encontrarías inspiración en su alegría, en su simplicidad, y en su pasión por vivir. También aprenderías que ninguna de estas cosas llega como resultado de la discapacidad, sino como el fruto de sus habilidades y el amor y la fe con la que han sido criados” – ELIANA TARDÍO (madre de dos niños con Síndrome de Down)