EL DOLOR DE PERDER A UN SER AMADO

Las despedidas son tristes, mucho más cuando sabemos que no volveremos a ver a la persona que se va.

Hace cuatro años, cinco meses y diecisiete días la persona que más amo se enrumbó en un viaje sin retorno. Salió de gira con su guitarra por el universo.

El Señor, en su infinita misericordia, permitió que nos pudiéramos “despedir”. Nos dio a mi familia y a mí varios meses de tribulación para hacernos a la idea de que se acercaba el adiós, pero, honestamente, aunque te prepares toda una vida para la despedida de un ser tan amado cuando llega el momento en que te dicen que físicamente ya no está en este mundo, el dolor que embarga a los que lo amamos y nos quedamos es tan profundo (no encuentro una palabra que pueda describir ese dolor).

¿Qué dolió más la partida en sí o ver cómo una enfermedad va consumiendo a un hombre relativamente joven? Definitivamente lo segundo. El ver cómo una maldita enfermedad va disminuyendo a tu padre te rompe el corazón en millones de pedazos (sólo los que han pasado por algo similar podrán entender la tristeza e impotencia que se siente).

Todos esos meses de aflicción en los hospitales me hicieron comprender que los seres humanos somos alma, espíritu y cuerpo. Al morir, lo que muere es nuestro cuerpo que sólo es una envoltura. El alma se va al cielo (profeso la fe cristiana) y el espíritu se queda en las personas que lo amamos.

Por más que temía y venía venir el desenlace, cuando sucedió me sumergí en un sueño de dos días. Mi amiga Rocío que meses antes también se había despedido de su papá me dijo: conforme pasen los días será peor (al sentirse más la ausencia) y así fue… Cada día el vacío dolía más. Tal como sigue doliendo para su cumpleaños, día del padre, navidad, cuando necesito un abrazo, cuando escucho sus canciones, cuando necesito que me de ánimos. No obstante, Dios es tan bueno conmigo que me permite a menudo encontrarme y conversar con él en mis sueños. Eso, ahora, es una alegría y gran consuelo.

Al final uno debe aprender a vivir con su dolor, pero sin sumergirse en él.

Hace unos días, el papá de una buena amiga partió repentinamente dejando un gran desconcierto y dolor en su familia. No puedo ni imaginar el dolor que de un momento a otro te digan que el ser que más amas ha partido. Debe ser terrible. Como tampoco puedo imaginar el dolor de los viudos. Toda una vida compartida y de pronto cambiar todos tus hábitos, “moldearte a tu nueva vida”. Mi tía que enviudó hace casi cinco años cuenta que fue como si le amputaran un miembro. Ella aún no puede asistir a reuniones donde sabe que habrá parejas…

Cuando mi papá se fue, yo trataba de pasar todo el tiempo posible durmiendo (evadiendo la realidad). Estaba inapetente (comía porque mi abuelita me insistía). Tuve problemas al respirar, me dolía mucho y seguido el corazón, fui al cardiólogo quien me aseguró que estaba sana, después de preguntarme a qué me dedicaba y si había ocurrido algo en mi vida recientemente, me dijo que estaba pasando por  un ataque de ansiedad (no estaba tan sana, mi corazón estaba roto). También me alejé un poco de mis amigos apagando el celular, no tenía ni ganas ni paciencia de socializar.

Les puedo decir que el intenso dolor va disminuyendo con el tiempo, esto no quiere decir que uno se recupere por completo o que olvides a tu ser querido. Eso jamás. Es posible que el dolor vuelva surgir, como ya lo comenté, en fechas especiales. Es muy importante contar con el apoyo de familiares y amigos para salir adelante.

Con frecuencia he escuchado que aceptar y expresar el dolor pueden tener efectos positivos (como cuando lloras y luego te sientes tranquilo), pero sé muy bien que no hay una manera correcta de sobrellevar un duelo y tampoco un tiempo fijo para superarlo,  dependerá de cada uno y de las circunstancias. Cada persona vive su dolor de un modo diferente.

Pienso que en mi posición puedo sugerir como tratar de sobrellevar un duelo. Disculpen si les parece impertinente hacer esta pequeña lista de sugerencias. Es mi testimonio.

Yo, sin proponérmelo y sin planearlo, realicé las siguientes actividades:

-Ejercicios. A los pocos meses del fatídico Setiembre me inscribí en un gimnasio y mejoré mi alimentación. Todos los médicos siempre me han recomendado hacer ejercicios y practicar algún tipo de deporte.

-Dormir todo lo que sea necesario. Felizmente nunca tuve problemas en conciliar el sueño, pero al principio sí tenía problemas en despertar. Conforme pasaron las semanas, los deberes llamaban.

-No aislarse. A los pocos días prendí el celular y volví a comunicarme con mis amigos. Es bueno conversar con personas que te aprecian y quieren verte sonreir.

-Expresar tu dolor. Si necesitas expresar tu dolor, hazlo, de la manera que encuentres. Si prefieres no expresarlo, está bien. Si quieres llorar, adelante. Si no, no pasa nada, tranquilo. Entendí que no siempre es cierto que porque lloras extrañas más al ser amado, así como no es cierto que si no hablas de él o no lloras es porque no lo extrañas.

-Distraerse. No está mal reír un poco. Empecé, nuevamente, a salir con amigos a conversar, al cine, a comer helados, a beber algo.

-Mantener la mente ocupada. La vida sigue. Pa´lante.

-Recordar a tu ser querido. Me gusta mucho hablar de mi papá en presente. Conservo varias cositas entre escritos, ropa, reloj, guitarras, perfumes, libros y fotografías. Y disfruto y agradezco cuando sus amigos y personas que lo aprecian me hablan de él.

-Tomarse unos días libres. Un par de semanas después de lo ocurrido hice un viaje con dos amigas a Huaraz (me ayudó a distraerme un poco).

Lo único cierto es que uno aprende a vivir con el dolor y que la vida sigue.

 

Un abrazo fuerte.

 

Zu.