GRECIA <3

Grecia llegó a mi casa un día de Marzo hace veinte años. Mi hermana la trajo en su mochila, fue un regalo que le hizo su enamorado. Le puso ese nombre porque le fascinaba la cultura griega y era fanática número uno de “Xena, princesa guerrera”.

A mi mamá no le gustaban las mascotas. Cada vez que mi papá llevaba algún animalito a casa, ella lo terminaba dando en adopción a familiares o amigos, pero con la cachorra Alaskan Malamute que trajo su adorada hija no pudo rehusarse.

Como mi hermana en esa época vivía en Trujillo, Grecia terminó siendo, prácticamente, del cuidado y responsabilidad de mi papá.

Era una hermosa ejemplar. Una perra muy sana, no podía esperarse menos de la mascota de un veterinario :). Sólo padecía de alergia por la picadura de pulgas. Los que conocían de esta raza, se asombraban de lo grande y bonita que era mi Grecia.

A pesar de ser dócil y cariñosa, era muy rebelde. No hacía caso a nadie. Le costó ser domesticada por mi papá. Con el transcurso de los meses, sólo a él hacía caso. Y, como es evidente, él terminó siendo el favorito de ella. Mi mamá solía bromear que Grecia era la única que se parecía a mi papá (como si fuera la tercera hija) en el color de ojos: marrones claros.

Vienen a mi mente anécdotas de Grecia: Mi papá la sacaba todas las mañanas a primera hora a hacer sus necesidades al jardín que está frente a mi casa (salía en pijama). Una mañana mi desayuno no estaba servido (mi papá era quien lo servía) y se me hacía tarde para ir al colegio. No sabíamos a dónde se había ido con Grecia. Por la tarde, nos contó que Grecia como nunca, después de hacer sus necesidades, corrió hasta la esquina de la cuadra. Grecia ven. Ella volteó a verlo y corrió a la siguiente cuadra. ¡Grecia ven para acá! Nada. Ella corrió una cuadra más. Mi papá no tuvo otra opción que correr detrás de ella. La perra corrió en total diez cuadras hasta que de cansancio se echó en una sombrita a descansar. Ahí, recién pudo alcanzarla y colocarle su cadena.

Qué divertida la imagen de mi papá corriendo en pijama con una cadena en la mano detrás de una gran perra. Nos contó que la llamaba de todas las formas intentando alcanzarla: ¡Grecia ven! ¡Chica, chica ven! ¡Ven chiquita! ¡Grecia ven para acá! ¡Vas a ver cuándo te alcance!

Unos años después: Grecia se perdió todo un día. Mi papá, como siempre, la sacó a hacer sus necesidades y en cinco minutos que demoró en ingresar a la casa a servirme el desayuno, al regresar al jardín, Grecia ya no estaba. Se sintió culpable todo el día. Llegó tarde a trabajar por salir a buscarla por el barrio. Nadie la había visto (y eso que todos la conocían). Cuando llegué del colegio seguía sin aparecer. Todos en la casa estábamos conmocionados. Una amiga me acompañó a buscarla por los alrededores, pero sin ningún resultado. En la noche, mientras mi enamorado me consolaba en la puerta de mi casa, Grecia apareció corriendo como loca con la lengua hasta el suelo. ¡Pobrecita! Parecía que no le habían dado agua en todo el día, no obstante movía enérgicamente la cola. Estaba feliz de regresar a su casa. Al parecer la tuvieron escondida en la comisaría que está en la esquina de mi casa. Fue conmovedora la escena del reencuentro con mi papá. En celebración, él le compró una galleta Rellenita de Coco, la que Grecia atrapaba en el aire.

Recuerdo que para unas vacaciones en la que viajamos a Arequipa, tuvimos que encargarla con mi tía abuela quien criaba cuyes. A nuestro regreso nos contó que Grecia había matado a treinta y dos cuyes. O sea, ella sólo quería jugar con ellos, pero no media la intensidad de sus mordidas. Tiempo después repitió la osadía en casa de una vecina, matando a diez cuyes más.

Grecia odiaba a los gatos a muerte. Una madrugada unos fuertes ruidos provenientes del patio despertó a toda la casa. Cuando salimos a ver qué pasaba. Nos asustó verla transformada frente a un gato techero que había entrado. Nadie se atrevió a meterse en esa riña que le costó la vida a ese gato.

Cuando Grecia entraba en celo, a mi papá le daba pena tenerla encerrada todo el día durante tres semanas, así que la sacaba a pasear con pechera en las noches. A lo mucho daban un paseo de un par de cuadras porque los perros se le abalanzaban y él tenía que, prácticamente, pelear con ellos. Una vecina tenía un pekinés cruzado que vivía enamorado de ella. Todas las noches jugaban. Se llamaba Tobby. Durante más de ocho años sufrió por no poder pisarla. No alcanzaba. Era el único que podía acercarse a ella cuando estaba con su periodo porque no había peligro alguno. Realmente el perrito sufría. Grecia, incluso, se echaba, pero nada. Tobby nunca pudo pisarla.

Dos veces le buscamos novio. El primero, aún recuerdo su nombre: Rufo, un Husky Siberiano. Tuvieron siete hermosos cachorritos. Grecia tenía mayor afinidad con su primogénito que con el resto de la camada, mi hermana le puso de nombre Arles (toda los nombres de la camada fueron influenciados por la mitología griega). Se lo regalamos a mi prima para que quedara en la familia. Mi favorito y mío era Rances, el rubio de la camada, el más gordito. Cuando llegó a tener tres meses y medio me engañaron que se iba de vacaciones a Huaraz con mi tío que trabajaba en esa ciudad. Al poco tiempo me dijeron que una chica dueña de un hotel con un jardín inmenso se había enamorado de Rances y que le daría una buena vida… hasta hoy me pregunto cómo pude creer esa historia a mis doce años “que se iba de vacaciones”. Pobre bebé espero que le haya ido bien en la vida. Mi tío dijo que Rances era muy feliz en su nueva casa, y a mí se me hacen agüita los ojos al pensar en la ingenuidad de los doce años.

El segundo novio fue un Alaskan Malamute llamado Salmo. Con él también tuvo siete cachorros. Pese a que ambos eran Alaskan, los cachorros de la primera camada fueron más bonitos. Como sea, yo quería quedarme con todos. Y me quedé con Jessie. Su historia es muy triste: Mi hermana lo llevó a Trujillo para dárselo a un amigo y lo tuvo en casa de mi prima junto con su hermano mayor (de la primera camada) un día en el almuerzo el pequeño se acercó al plato del mayor y éste lo atacó sacándole el ojo. ¡Fue horrible! Lo llevaron a la veterinaria más cercana, pero pusieron mal el ojo en su órbita. En la noche lo trajo a Chimbote para que mi papá lo revisara. Le reacomodó el ojo en su órbita, pero, desgraciadamente, había pasado horas y el tejido se había necrozado… Jessie quedó tuerto antes de cumplir dos meses. Se quedó conmigo ese bebé. Su desarrollo era normal, jugaba con su otro hermano de la misma edad, pero yo tenía debilidad por él, por lo que había sufrido, a veces se chocaba con las paredes… Ambos cachorros comían y crecían igual, pero el cuerpo de Jessie era diferente. No tenía una forma saludable a diferencia de su hermanito (cuyo nombre no recuerdo, creo que era Axel) al que se le notaba sus curvas y músculos (como cualquier cachorro saludable). Jessie era recto como una vaquita. Ambos estaban recibiendo sus vacunas, pero a Jessie, antes de culminar con todo su rol le dio Corona Virus. En tres días mi chiquito se fue. La escena más convulsionante fue cuando, mientras mi papá le estaba colocando sus medicinas a través del suero y el cachorro hizo un paro (no sé si cardiaco o respiratorio) su madre comenzó a aullar (porque ella no ladraba). Aullaba a nuestro costado como si le reclamara a mi papá, como si le pidiera una explicación. Cuando él nos dijo que Jessie había muerto. Grecia lloró mientras aullaba, y nosotros lloramos con ella.

Mi perra nunca se enfermó de nada. Salvo aquella vez que no sé qué comió en la calle que se intoxicó. Tenía la cara hinchada y no podía respirar, corría como loca pidiendo ayuda ¡pobrecita! Por fortuna mi papá llegó a tiempo a ponerle Atropina.

Como decía en el párrafo anterior, Grecia nunca se enfermó de nada, hasta que una noche que regresamos a la casa, la vimos echada en la vereda de enfrente. Fue sumamente raro que nos vea llegar y no corra a recibirnos. La llamamos y nos veía sin levantarse. Mi papá fue a ver qué le pasaba. Grecia no podía levantarse. Pesaba cerca de cuarenta y cinco kilos (tal vez más). Con dificultad mi papá la ayudó a reincorporarse. Caminaba quejándose. Le dolía el lado izquierdo del abdomen. Le encontraron tumoraciones. Al hacerle la cirugía el cáncer estaba generalizado. No había nada qué se podía hacer más que hacerla descansar.

No recuerdo en qué ciudad se encontraba mi hermana, creo que no pudo despedirse de Grecia. Mis papás esperaron que yo regresara de Trujillo para despedirme de ella. Cuando la vi ya estaba con las pupilas dilatadas, no se quejaba, miraba al infinito, su cuerpo estaba intacto salvo por la gran cicatriz abdominal.

Fue un sábado por la noche. Mi papá le pidió a un colega que realizara la eutanasia.

Grecia tuvo once vacunas anuales, dos partos, catorce hijos, cuarenta y dos cuyes asesinados, un gato muerto, una intoxicación, una cirugía, una eutanasia y una familia humana que se quedó con un gran vacío cuando ella se fue.

 

 

Zu.

 

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