LUCY Y EL CERDITO

Llegó el verano y Lucy viajó a Arequipa con su familia,  tenía siete años cuando visitó por primera vez la casa de sus abuelos paternos en un pequeño pueblo a dos horas en bus de la ciudad de Arequipa. El nombre del pueblo es Huanca. Todo el trayecto Lucy divisó andenes de color verde amarillento, ganado vacuno y equino pasteando entre las escalinatas, campesinos caminando por el camino de trocha y buses de regreso a la ciudad blanca.

El paradero del bus era en la plaza de Armas, muy parecida a las plazas de Armas de muchos pueblos pequeños de la sierra peruana. Alrededor de la pileta, en el centro de la plaza, estaba la iglesia matriz de tipo colonial, al frente la comisaría y la municipalidad distrital.

El papá de Lucy estaba emocionado porque regresaba después de varios años al lugar donde vivió en su niñez, porque era la primera vez que llevaba a su pequeña a Huanca y Lucy, recién, conocería a sus abuelos.

  • Lucy en esta plaza jugaba de niño con mis amiguitos.
  • ¿Qué jugaban papi?
  • Jugábamos a los encantados, las chapaditas, corríamos con la pelota y todo lo que se nos ocurría.
  • A mí me gusta jugar a los encantados.
  • Escucha como silvo turururuu.
  • Jajajaja me das risa papi.
  • Se escucha clarito mi silbido.
  • Sí papi. ¿Tu casa está cerca?
  • Sí a dos calles, vamos.

Mientras Lucy iba de la mano de su papá hacia la casa de sus abuelos, le preguntaba por qué sentía un poco de frío si había un tremendo sol.

  • Así es el clima en la Sierra hijita. Llueve mucho, también, a mí me gusta mucho la lluvia.
  • A mí también me gusta mucho la lluvia papi, que copión eres.

Llegaron a la casa de los abuelos, Lucy observó la fachada de piedra y un enorme portón de madera.

  • Lucy ven, por acá es la entrada.

Su papá señaló una puerta de madera al costado del portón. Había una pequeña acequia al frente de la fachada, tenía que cruzarse para poder entrar a la casa.

  • ¿Cómo paso?
  • Salta Lucy.
  • Me da miedo.
  • Salta yo te agarro.
  • Me da miedo papi.
  • Entonces anda por allá. – señalando un tipo puente que permitía entrar los carros a la casa.
  • Ya está bien salto pero agárrame. – fue un salto mortal para la pequeña de siete años.
  • ¡Ya ves! ¡pudiste! – Le sonreía y Lucy sentía que con él a su lado ella era capaz de hacerlo todo.

Salió la abuela a recibirlos, los llenó de besos y abrazos. Ni bien se abrió la puerta se podía ver el patio y alrededor de él había varios cuartos con maceteros afuera. Lucy pudo divisar que el patio era bien grande y le embargó una enorme curiosidad por querer investigar cada uno de los cuartos de la casa.

En la cocina su abuelita estaba preparando un delicioso potaje en recibimiento a su hijo y su familia. Había dos señoras con mandiles largos que ayudaban a cocinar a su abuelita. Lucy tuvo un poco de miedo de los cuyes que corrían dentro de la cocina, muy cerca al horno de piedra, notó que era totalmente diferente a la cocina de su casa que tenía losetas y cerámicas. Salió de la cocina a explorar los cuartos aledaños, había un perro durmiendo plácidamente en medio del patio, el primer cuarto se abrió fácilmente al empujar la puerta, estaba lleno de maíces de distintos colores, había de color morado, amarillo, rojo, blanco, anaranjado y, también, de varios colores a la vez. El segundo cuarto estaba con la puerta abierta, estaba lleno de tubérculos desde el piso hasta el techo. Esos cuartos eran las despensas de sus abuelitos. El tercer cuarto tenía la puerta cerrada con llave, más tarde el papá de Lucy le explicó que estaba con llave porque era el cuarto del capataz.

  • ¿Capataz? ¿Qué es eso?
  • Es el señor que trabaja con tu abuelito en el campo. Él cuida de los animales y las chacras.

En el cuarto siguiente había un pequeño molino y al costado de éste se encontraba la casa propiamente dicha: la sala, comedor, habitaciones.

Lucy insistió a su papá que la llevara a conocer el huerto trasero de la casa, él estaba en la sala tocando una canción con la guitarra del abuelo, tocando y cantando. Hoy que regreso peregrino fatigado con el corazón cansado de buscar felicidad, Arequipa soy feliz en tu regazo…

  • Ya papi vamos.
  • Espérate pues hijita estoy cantando.
  • Pero tú dijiste…
  • Termino esta canción y te llevo a conocer toda la casa.

En el huerto trasero habían hortalizas y verduras, también estaba el corral de las gallinas, de los borregos y de los cerdos, ah también había una vaca con su ternero. Cuando se acercó al corral de los animales Lucy vio por primera vez a una cerda amamantar a sus lechones. Quedó fascinada con el acto, tanto que  su abuelita le regaló el más rosadito de ellos. Lucy estaba feliz, el cerdito era su primera mascota, lo cuidaría y lo querría siempre.

Pasaron dos días inolvidables en Huanca con los abuelos, contando anécdotas e historias y yendo al campo. Cuando llegó la hora de partir los papás de Lucy le explicaron que no podían llevar al cerdito a su casa porque en el avión no permiten que suban cerdos así sean pequeños, además él estaría más feliz con su mamá cerda y sus hermanos lechones.

  • Lucyta no te preocupes, yo lo cuidaré. Tienes que venir a visitarlo en tus próximas vacaciones. – le dijo su abuelita con la voz más tranquilizadora del mundo.
  • Sí abuelita. Gracias.

Cada vez que hablaban por teléfono, Lucy preguntaba a su abuelita por su cerdito. Un día la abuelita llamó y sólo habló con su hijo.

Poco rato después Lucy escuchó que su papá le contaba a su mamá que sus padres estaban pasando por fuertes problemas económicos, que estaban vendiendo todos sus animales.

  • Entre los animales que ya han vendido está el cerdo que mi mamá le regaló a Lucy. Está muy apenada mi mamá pero no han tenido de otra.
  • ¡Dios mío! ¿Qué ha pasado? Pregunta con cuánto podemos ayudarlos.
  • Dice que no nos preocupemos, que lo están solucionando pero está triste porque no sabe cómo disculparse con Lucy.
  • Lo que importa es que ellos estén bien. Lucy ya ni se acordará del cerdo en un tiempo.

Lucy no sabía bien lo que estaba pasando y no sabía si llorar, preguntar, callar o reclamar. Le contó a su hermana mayor quien le explicó que los abuelitos se habían quedado sin plata y tuvieron que vender a su pequeño cerdo porque no tenían que comer. Ella lo entendió y sintió una profunda pena no por la suerte que corrió el cerdito sino porque imaginó a su abuelita triste en el teléfono.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s