“POR TELÉFONO NO, NO QUE VA”

Como dice Haruki Murakami “voy a esforzarme para poder contarlo todo de una manera lógica y sistemática dentro de mis posibilidades” .

Cuando M me dijo que no me quería, no lo hizo mirándome a los ojos, ni siquiera frente a frente, lo hizo por teléfono.

Durante varios días había notado que ya no respondía mis mensajes de whatsapp como antes. Ya no escribía preguntándome si había llegado bien a mi casa. Por último, hubo noches en que no me llamaba y se desconectaba del whatsapp sin despedirse, sin darme las buenas noches, como solía hacerlo. Pese a ello, no se me ocurrió el desenlace que venía.

Por supuesto que repasé una y otra vez los sucesos de las últimas semanas. Lo único que encontré fue una discusión por teléfono (para variar…) que tuvimos como quince días atrás. Fue una tontería, aunque no, la verdad es que no fue ninguna tontería. Le reclamé el hecho de que haya leído un mensaje que le envié y no lo haya respondido (tal vez suene infantil, sin embargo me quedaba claro que él tenía otras prioridades y eso me preocupaba). Se excusó de mil maneras y yo terminé por hacerme la de “la vista gorda”. Total, siempre alguien tiene que ceder, pensé. Mi intuición me decía que su interés por nuestra relación había pasado a un segundo plano; y, a pesar de eso, yo quería revivir la “llama”, creí que podía hacerlo.

Después de esa discusión, todo siguió aparentemente normal entre nosotros. Noté que mientras nuestra comunicación en persona era buena, por celular no lo era tanto, cada día hablábamos menos. Pensaba que lo que debía importar era nuestra comunicación en persona; no obstante, sabía que no era bueno tener tantas dudas. Me daba pena pensar que nuestra relación de casi un año estaba llegando a su fin. Habíamos hecho muchos planes, incluso M me regaló una sortija (una alianza, dijo), de él salió que pediría mi mano para nuestro primer aniversario. Hasta me habló del viaje de “luna de miel”. Increíble. Yo, ilusionadísima, comencé a buscar el destino perfecto. Le enseñé varias alternativas. Como a los dos nos gusta mucho la playa, encontré unos paquetes interesantes: trip por las playas de Costa Rica, varias opciones en Cancún y un crucero por Bahamas. Él estaba encantado.

A los pocos días, la hermana de mi madre falleció y tuvimos que viajar a Piura. Yo estaba triste y lo único que quería era sentir el apoyo de M en esos momentos difíciles para mi familia. Los cinco días que estuve de viaje, fui yo quien escribía. Él me llamó unas tres veces, creo; después me dijo que no quería importunar porque seguro yo estaba muy ocupada. Yo sólo quería su apoyo, sentir que le importaba lo que me estaba pasando; y, evidentemente, él con sus actos me demostraba todo lo contrario.

Un día antes de regresar de Piura no pude contenerme y lo llamé por teléfono. Le reclamé su alejamiento, su frialdad, su falta de interés. Estaba triste y ofuscada. M no reprimió más su sentir y sentenció: sabes qué Mariela, perdóname por lo que voy a decir. Siento que lo nuestro ya no es lo mismo. Te quiero, pero no como para casarme contigo.

Mi mundo se derrumbó en unos segundos. “Te quiero, pero no como para casarme contigo”. Sentí un puñal en el corazón. Se desmoronaron todos los planes que habíamos hecho (sí, en plural porque el alimentó muchos de esos planes). Sentí que perdía “el norte”. Quería a M, me proyecté con él y me falló. Me fallé yo misma por proyectar expectativas tan altas en alguien que no me amaba.

_ ¿Cómo? ¿Por qué dices eso? ¿Cómo te atreves a decirme eso por teléfono M? ¿Estás loco?– las lágrimas resbalaban por mi mejilla.

_ Lo siento Mariela. No quiero discutir más.

_ Ok. Regreso mañana. Ahí hablamos.

Todo ese día traté de no pensar en lo que M había dicho, pero era casi imposible, sus palabras resonaban en mi cabeza. Ni bien regresé, lo llamé. Me contestó que estaba ocupado en ese momento, que me llamaría cuando se desocupara.

Todo lo que había pasado, cómo había pasado, me resultaba tan absurdo. A sus casi cuarenta años M era el tipo más inmaduro que pude haber conocido. ¿Terminar por teléfono? . No puedo creerlo. Por qué me dijo todo lo que me dijo en ese año juntos sino estaba seguro que realmente me quería. Pienso que es maldad el engañar a una mujer de esa manera: ilusionándola. Es una burla.

Una semana después de regresar de Piura M me llamó para conversar. Esa semana en la que me evadió, estuve mal, literal. No puedo negarlo, el frasco de Rivotril en mi mesa de noche no me permitiría hacerlo. Llegaba zombi a la oficina. Me equivocaba en el trabajo (mi jefe me llamó la atención en varias oportunidades). El maquillaje podía cubrir mis ojeras, pero no mi tristeza. Odiaba a M por ser tan imbécil e inmaduro. Tenía cólera conmigo misma por estar sintiéndome mierda por alguien a quien no le importó lastimarme.

Cuando me llamó para conversar, yo sabía que no íbamos a arreglar nada. Por más que algo dentro de mí quería hacer “borrón y cuenta nueva” (lo quería todavía, recién había pasado una semana desde que me terminó). Traté de mantenerme con la cabeza fría, no podía pensar en la posibilidad de regresar con M. Si hizo lo que hizo una vez, lo hará otras veces, eso lo tengo clarísimo. Ya nada podría volver a ser como antes. No había marcha atrás. M ya era pasado.

Nos vimos en el bar que está cerca a su oficina. Ambos pedimos Chilcanos. Él, recontra fresco, comenzó a contarme que su empresa había conseguido un nuevo cliente, estaba contento. Que las utilidades del próximo año serían muy buenas. Que estaba pensando en llevar otra maestría.

_ Mira M, al grano. ¿Qué pasó? – tomé un gran sorbo de mi bebida.

Respiró hondo, se puso nervioso, tenía la mirada fija en su vaso. Demoró en responder. Yo estaba serena, felizmente. La semana anterior lloré tanto que ahora, al verlo tan fresco como si no hubiera pasado nada, no tenía más ganas de llorar. Sólo sentía indignación.

_ Perdóname. Todo es mi culpa. Siento que algo se quebró. No sé en qué momento pasó. No quiero hacerte perder el tiempo. Dejemos las cosas ahí.

_ No creas que pidiendo perdón solucionas el daño que me estás causando. Hablamos de un futuro juntos. Cómo pudiste ilusionarme hablándome de viajes de luna de miel, de vivir juntos, de formar una familia y todo. Eso no se hace. Encima me diste este anillo de mierda – en ese momento me saqué el anillo y lo puse junto a su vaso de Chilcano – Oro blanco ¿no?. Eres tan mentiroso y yo tan tonta en creerte cuando hace semanas me dabas indicios de que andas en otras cosas.

_ Mariela no digas eso. Yo sí te quise. Siento lo que pasó y te juro que no hay una tercera persona. Todo esto es mi culpa – agachó la cabeza como niño que es reprendido por su madre.

_ Por supuesto que es tu culpa – no sé de dónde saqué fuerzas y me mantuve serena. Me paré, vi sus ojos llorosos y me dio más rabia porque a mis treinta años he visto varias “lágrimas de cocodrilo”, y esas no eran la excepción.

En ese momento no lo sabía, pero gran favor que me hizo M al dejarme con el corazón roto y con el recuerdo de haber recibido un anillo de mierda (disque oro blanco cuando resultó ser simple bisutería). Fue sensato al decirme que no me quería y que no perdamos el tiempo. Pero cuando salí del bar, subí al taxi comencé a llorar desconsoladamente, incluso, creo que lloré más que en el funeral de mi tía. Duele, claro que duele, que el hombre que tú quieres y con el que te has proyectado te diga que ya no te quiere. Además, me quedaba claro la existencia de otra mujer en su vida.

Gracias M porque por ti toqué fondo y cuando llegué ahí no me quedó otra que salir y te dejé ir totalmente. Ahora me siento totalmente libre y con la confianza de que encontraré a alguien con quien las ilusones se vuelvan realidad.