LA COCINA Y YO

Como ya les he contado en otro post, desde hace poco más de tres meses, al mudarme sola, yo misma preparo mis sagrados alimentos (por lo menos cinco días a la semana). Cuando estaba en la universidad, también viví sola, pero eran mis papás los que pagaban todos mis gastos así que desayunaba todo tipo de leche y cereales de preparación instantánea, almorzaba menú todos los días y cenaba lo que se me antojaba. Gracias papis 🤗.

Desde que tengo memoria hasta hace dos años atrás creía que me gustaba cocinar y si no lo hacía seguido era porque vivía en una pequeña habitación en Trujillo en donde, obviamente, no se podía cocinar; y en casa siempre hubo quien lo haga: mi mamá Betty o “la Concho” (Q.E.P.D.)

Vengo de una familia en la que a las mujeres no les gusta cocinar y no lo hacen. Así que es de esperarse que yo siga la misma línea. Desde mi abuelita que aprendió a cocinar pasadas sus cuatro décadas, cuando ya tenía nietos y lo hizo por necesidad; hasta sus nietas que para que les cuento…

El que mi abuelita cocine delicioso no está en tela de juicio porque, al fin y al cabo, la práctica hace al maestro; sin embargo estoy segura que si le hubieran dado a escoger, ella hubiera preferido continuar con su negocio de proveeduría de víveres a las embarcaciones que abrir un pequeño restaurante.

La emprendedora innata de mi abuelita contó siempre con el apoyo de señoras que hacían los quehaceres del hogar. Según cuentan sus seis hijos, estas señoras cocinaban lo que ellos le pedían…

Si bien es cierto, la necesidad te hace aprender a cocinar, pero eso no quiere decir que te guste hacerlo.

Así tenemos a mi tía Amada, que cocina muy rico, prepara platos bien elaborados y memorables como “La Sangrecita”; sin embargo una vez me dijo que cocina porque no le queda de otra.

Mi tía Naty alguna vez tuvo que hacer las labores del hogar y era pulcra en ello; no obstante hace tiempo que colgó los mandiles porque, simplemente, no le gusta cocinar.

Mi tía Lola si está de humor para cocinar, lo hace; y si no, pues no. Pero eso sí, lo que prepare le sale buenazo (saludos tía 😁).

Mi tía Esther prepara, de vez en cuando, algunas frituras para sus hijas, eso es todo.

Y mi mamá… bueno mi mamá es un caso muy curioso porque al ser nutricionista la mayoría de personas asume que le gusta cocinar, que prepara un sin número de recetas, que es un as en la cocina 🤭.

Ella de todas las hijas de mi abuelita es la que más se reveló con entrarle a la cocina. Sin duda alguna, sabe de dietas, de porciones, de requerimientos, de recetas nutritivas (y económicas a decir verdad); sin embargo no le gusta cocinar.

Son pocos los recuerdos que tengo de mi mamá en la cocina (o sea cocinando). Ella ama su profesión, mas no le gusta cocinar. Nunca ha sido una ama de casa y siempre se lo hemos respetado.

A raíz de la enfermedad de mi papá comenzó a preparar las dietas para él y por ahí alguna cosita más…Pero eso sí señores, ella compra los insumos de la mejor calidad, prepara un ceviche delicioso, sus ensaladas están llenas de colores, la avena que prepara sabe a galletitas recién horneadas y de nadie he probado la leche como ella lo sirve (sí, el simple hecho de verter leche y agua en una taza, curioso, pero a nadie le queda como a ella).

Por todo lo dicho, yo, ingenuamente, creía que era la excepción de las mujeres de mi familia. Creía que a mí sí me gustaba cocinar porque como veía a mi papá feliz en la cocina preparándonos los desayunos, experimentando con diferentes ingredientes y formas de preparar tal o cual plato (oh sus mandiocas… 🧡🤭), asumí que a mí también me gustaba. Además, las pocas veces que yo preparaba algo, mi papá decía que estaba riquísimo (creí que tenía dotes para la cocina). Por esos tiempos, recuerdo, haber querido tener la oportunidad de cocinar más recetas, pero por un tema de horarios hubo muy pocas oportunidades para ello.

Cuando regresé de mi estadía de tres meses en Estados Unidos en donde me re-conocí en muchos aspectos. Uno de ellos fue el de reconocer que no me gusta cocinar y todo lo que conlleva, tal vez algunos postres o desayunos de vez en cuando, pero eso es todo.

Ahora que no puedo darme el “lujo” de comer afuera todos los días, me veo en la necesidad de cocinar en las noches (preparo mi desayuno y almuerzo del día siguiente) o últimamente, los domingos dejo la comida lista para varios días en tuppers.

Las primeras semanas, viviendo sola, me la pasé comiendo “Pollo a la plancha” con bastante ensaladas, arroz o fideos y una vez por semana comía conserva de atún.

Después de la llamada de atención de mi señora madre porque lo que estaba comiendo no cumplía con mis requerimientos diarios. Es que he empezado a innovar en la cocina 😁.

Ahora acompaño el pollo al vapor o a la plancha con algún tubérculo (papa o camote) o menestras (lentejas, alverjas, frijoles o pallar) y ensaladas 👍. Además, he aprendido a preparar unas recetas facilísimas: “Papa a la Huancaína”, “Locro de zapallo”, “Tallarines rojos”, “Tallarines a la huancaína” y “Panqueques” (si gustan puedo compartir mis recetas con ustedes, qué gracioso 🤭).

Estoy feliz porque aunque no me guste cocinar, es chévere saber preparar un plato que no sea sólo “Pollo a la plancha”. Admito que es cansado el preparar, cocinar y después lavar los trastes; no obstante, darle a mi organismo lo que necesita no tiene precio 😉.

Ahora que mi mamá me ve desenvolviéndome bien en la cocina (por así decirlo), se sorprende y está feliz porque he aprendido a alimentarme, dice. Imagino que será un alivio ver a tu hija, la que prefería comer yogurt con hojuelas a preparar cualquier cosa, preparando desayunos, almuerzos y hasta cenas jajaja. Y ahora en plena cuarentena, en momentos tan difíciles para el mundo entero, es muy grato compartir con ella, hablando de recetas y preparándolas.

Sólo espero, algún día, preparar un desayuno dominguero como los que prepara mi papá (no daré la receta).

Besos, abrazos y los mejores deseos para todos.

Zu.