CRISTO VIVE EN MÍ

La relación que cada uno tiene con su religión es personalísima, especial y sea cual sea se respeta.

En estos días de cuarentena, con tiempo de sobra para pensar, reflexionar y escuchar noticias; como más de uno, me he detenido a pedirle a Dios Padre que tenga misericordia de la humanidad. Esta petición me llevó a recordar en cómo es que Dios me llamó. Sí, él te llama cuándo y de la forma que él quiere.

Les voy a contar la historia con mi religión y sería lindo que reflexionen  sobre la historia que ustedes tienen con la suya.

Fui bautizada y criada en un hogar católico. Cuando era pequeña, mi papá no trabajaba en domingo y solía llevarme a misa. Muy pocas veces nos quedamos a una misa completa porque yo, como todo niño, me aburría e insistía en irnos.

Asistí a un colegio que pertenece a la diócesis, se encuentra regentado por una congregación de monjas. Ahí estudié desde Inicial hasta Quinto de secundaria.

Era (creo que sigue siendo) requisito que todos los alumnos inscritos se encuentren bautizados en la fe católica. Al terminar el nivel primario, los alumnos deben haber recibido la Primera Comunión (todos mis compañeros de promoción la hicieron).

Siguiendo con los sacramentos a recibir, en Cuarto de secundaria tenías que confirmarte. A dos amigas y a mí nos expulsaron por faltar a una vigilia y a las clases que eran dictadas entre semana por las tardes. Está demás decir que preferíamos ir a latear que estar preparándonos para el nuevo sacramento. Al año siguiente, nuestra tutora, una monja, nos obligó a hacer la Confirmación con las chicas de cuarto año. No sé cómo volví a zafar. No entendía, ni entiendo, por qué tanto afán de recibir un sacramento del cual no sientes el significado que representa. Además, mi papá me había contado que para poder casarse, tuvo que confirmarse unas semanas antes. Así que me dije: Ah entonces haré igual, antes de casarme me confirmaré.

Debo decir que estudié en ese colegio por tradición familiar y que le tengo harto cariño porque ahí conocí a mis mejores amigas. Conservo los recuerdos más bellos de mi niñez y adolescencia entre compañeros y profesores; sin embargo tengo pocos recuerdos de las monjas (como referente del catolicismo en el colegio), ninguno que considere bueno. Es más, ahora que lo pienso, las recuerdo serias y poco amistosas (por ahí, tal vez, alguna sonriente…). Por otro lado, también estaba el cura del colegio, un hombre antipático que no brindaba ninguna confianza.

Las monjitas, además de estar a cargo de la dirección del colegio, de O.B.E (Oficina de bienestar estudiantil) y dictar las clases de Religión, organizaban retiros espirituales una vez al año (si mal no recuerdo).

En primaria lo realizaban en el colegio un día Sábado. Nos hacían jugar, cantar canciones religiosas con mímicas, nos explicaban alguna parábola y, por supuesto,  nos hacían rezar. En secundaria, nos separaban chicos de chicas y nos llevaban a centros de retiro que tenía la iglesia en lugares tipo Tortugas, prácticamente hacíamos lo mismo que en primaria. Recuerdo a algunas compañeras llorando, creía que tal vez lloraban porque tenían problemas en sus casas, etc. Yo sólo pensaba (como nos prohibían llevar celulares a los retiros)  en si el chico que me gustaba me habría enviado un sms o un mensaje misio, o si me habría dejado un mensaje en msn o escrito un mail. La pura verdad es que todos (está bien, no generalizaré) casi todos los alumnos íbamos a los retiros para hacer chacota y estar con los amigos.

Las monjas nos imponían y prohibían muchas cosas, por ejemplo a escuchar la paraliturgia los lunes a primera hora, a rezar de memoria el angeluz a las doce del mediodía,  ir a procesiones, participar en el mes mariano (un mes dedicado a la virgen María), etc. Como haya sido, todos los alumnos nos acostumbramos a ello (no nos quedaba de otra tampoco). A ese tipo de religión en la que de paporreta recitas oraciones. Tal vez por ello mi relación con la religión no era muy buena. Justamente porque me enseñaron puros rituales y no lo principal que es comunicarse con Dios. Por ese entonces, mi relación con él era unilateral, yo hablaba mucho y pedía, a veces, mucho, pero ahí quedaba.

Mi familia entera, con excepción de mi abuelita, éramos los típicos católicos que iban a la iglesia de vez en cuando y que disfrutaban de los placeres de la vida con moderación. Esos que rezan un padre nuestro antes de dormir y hasta son devotos de algún santo o de alguna virgencita.

Llegué a un momento de mi vida con un vacío, una tristeza y un miedo tan grande que no podía encontrar en ningún lugar la respuesta y el consuelo que necesitaba. Un día salí del trabajo con un dolor profundo, desesperada fui a la catedral (había misa de siete de la noche). Por más que trataba de entender lo que el sacerdote decía, no entendía ni pío. Me quedé rogando, sin embargo el dolor de pecho no desaparecía. Por varios días intenté encontrar consuelo en la iglesia católica, sólo quería una palabra, pero no la obtuve. Eran unos días de angustia constante.

Fue gracias a mi mejor amiga  (tiempo atrás había pasado una gran prueba al tener a su bebé internado más de nueve meses en el hospital) es que yo comencé a acercarme a Dios. Ella me había contado su experiencia asistiendo a una iglesia cristiana. Lo fortalecida  que se sentía. Yo la oía, pero no me animaba a escucharla hasta que en vista que seguía sintiéndome tan mal decidí ir con ella a un culto cristiano. Laura me enseñó a cómo orar, ayunar, leer la biblia. Me enseñó a cómo comunicarme con Dios y me acompañó muchísimo con sus oraciones.

He llegado a comprender que nuestro Padre Celestial nos llama a cada uno cuándo y de la forma que él quiere. A mí me llamó con la enfermedad de mi papá. Me concedió un año para comprender y aceptar que su voluntad, siempre, es perfecta.

Hace poco, una amiga, cristiana también, me hizo recordar que a Dios no se le debe buscar sólo cuando uno está triste, sino cuando uno está alegre. Y por más que no visito, con frecuencia, una iglesia, Cristo vive en mí.

En la prédica del Jueves se dijo algo muy importante que en estos días de aflicción mundial debería ser una constante: “Mientras permanezcas en el mundo tendrás aflicción, pero mientras que permanezcas en Jesús, tendrás paz”.

Es momento de cultivar tu mundo interior.

Abrazos.

Zu.

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