AMABA AL DR. JEKYLL PERO NO A MR. A HYDE

Conocí al Dr. Jekyll en una librería que frecuentaba a menudo y donde él trabajaba. Físicamente no me gustaba, pero su amabilidad y simpatía hicieron que me fijara en él. Una tarde escogí comprar dos libros: “Paula” de Isabel Allende y “La Tregua” de Mario Benedetti. Al pagar me di cuenta, contando mis monedas, que me faltaban dos soles. ¡Roche!

La cajera sonrió diciéndome que eligiera un libro y que otro día regresara por el otro. En ese instante, Jekyll a quien ya había visto en otras oportunidades y en alguna ocasión me recomendó un libro, se acercó y le preguntó a su compañera qué es lo que estaba pasando. Ella le contó los pormenores. Yo sólo atiné a sonreír mientras sentía que mis mejillas se iban encendiendo por culpa de dos mugrosos soles, y veía ambos libros pensando por cuál de ellos decidirme.

Jekyll me miró y de la forma más simpática dijo:

  • ¿Qué cosas no? No te preocupes, si gustas yo te puedo prestar los dos soles para que no te quedes con las ganas de comprar estos libros.
  • Qué vergüenza en serio…
  • Normal, son cosas que pasan – sonreía tiernamente.
  • Muchas gracias. Mañana regreso a pagarte.

Y así fue como al día siguiente mi sentido de honorabilidad me llevó a pagar mi gran deuda. Encontré a Jekyll encima de una escalera acomodando unos estantes de libros.

  • Hola.
  • ¡Hola! Cómo te va – bajó con cuidado sonriendo.
  • Toma, gracias – le di una moneda de dos soles.
  • De nada. He encontrado una página donde puedes descargar libros en español totalmente gratis.
  • ¿En serio? – me emocioné.
  • Sí, si gustas te la paso.
  • Ya pues.
  • Dame tu número para pasártelo por whatsapp.

Dudé en darle mi número a un desconocido, aunque se veía confiable. A decir verdad no era tan desconocido que digamos, o sea, lo había visto varias veces en la librería y ayer me había prestado dos soles. Además, siendo honesta, habíamos coqueteado un par de veces.

Le di mi número, me pasó la página de libros virtuales, continuamos conversando por whatsapp, salimos a caminar varias veces, nos hicimos amigos y luego enamorados.

Jekyll es un poco gordito y de estatura promedio a baja, sólo un par de centímetros más alto que yo. Es de tez blanca, ojos pequeños y tiene rasgos infantiles. Un día le dije que le quedaría bien la barba y comenzó a conservarla. A pesar de no gustarme físicamente como otros chicos con los que he salido, tenía carisma que enamoraba. Y me enamoró. Era súper cariñoso, romántico, detallista, gracioso y sabía de muchos temas (obviamente leía bastante al trabajar en una librería). A mi corta edad no había conocido a ningún hombre como él, siempre pendiente de mí, hablándome todo el día por whatsapp, llamándome continuamente, haciendo planes a futuro, dedicándome canciones, incluso reportándose (a qué hora llegaba a su casa, al trabajo, a qué hora salía, qué estaba haciendo, etc). Realmente yo estaba enamorada y todo indicaba que él también lo estaba. Hasta risa me daba los gestos que ponía al verme después de uno o dos días, caritas que he visto en películas románticas. A decir verdad, ahora que lo pienso, Jekyll es bien histriónico.

No obstante, conforme iba transcurriendo el tiempo, de vez en cuando Jekyll se comportaba hostil, desconfiado, presuntuoso, grosero y hasta agresivo (con los demás, aunque sobretodo conmigo) decía que era mi comportamiento lo que hacía que él reaccionara de esa forma.… Hacía su aparición Mr. Hyde.

Esta historia se va pareciendo a la de You (serie de Netflix) ¿no? Pero es real, se los juro.

En fin, los meses fueron transcurriendo y las discusiones cada vez eran más seguidas. No obstante, ambos nos empecinábamos en continuar con lo “incontinuable” (si es que cabe la expresión). Yo disfrutaba estando con Jekyll, pero Hyde se colaba cada vez más en nuestra relación.

Esa noche, hacía frío y tenía hambre. Por suerte, el profesor nos dejó ir antes de que se acabara la hora de clase. Vi mi celular: 9.48 pm debe estar en su casa, más tarde lo llamo, pensé. Había decidido retomar la carrera de Contabilidad, la mayoría de mis cursos eran turno noche. Salí del aula con los nuevos compañeros (era la segunda semana de clase), nos quedamos conversando un ratito en la entrada de la universidad. Fue una casualidad grande que coincidiera con José en la misma asignatura (José es un amigo de mi facultad al que no veía hace algunos años). Me despedí de los chicos en la puerta principal y mi amigo empezó a preguntarme por unas amigas en común, le pasé sus números.

Al poco rato nos despedimos con un beso en la mejilla. Estuve por cruzar la calle cuando me percaté que Jekyll estaba sentado en una banca cerca a la puerta principal de la universidad. Llevaba puesto una polera verde con capucha. Me acerqué a él un poco sorprendida de verlo porque no me había dicho que iría a recogerme. Estaba serio. Supuse que porque había visto que me despedía de mi amigo con un beso en la mejilla (en otras oportunidades Hyde ya había hecho alguna escena de celos similar). Pese a que estaba con capucha noté que se había cortado el pelo y la barba.

  • Te afeitaste y te cortaste el pelo, te queda bien – traté de apaciguarlo mientras le daba un beso en la boca- no me contaste que irías hoy a la barbería.
  • Te estuve llamando ¿por qué no me contestaste?- Me extrañó ese comentario porque antes de salir de la universidad yo miré la hora en el celular y no tenía ninguna llamada suya.
  • No, no tengo ninguna llamada tuya Igual saqué mi celular para corroborar y para sorpresa mía había tres llamadas perdidas suyas (de 9.50pm y 9.51pm)- Sorry, lo puse en vibrador para la clase y no sentí cuando llamasteMe comenzó a exasperar su desconfianza.

Hyde estaba con capucha no porque sintiera frío ni porque se había cortado el pelo sino porque quería ver con quién salía de clases o con quién me iba. Por eso fue que no me dijo que iría a recogerme. Él quería “sorprenderme”. Típico comportamiento de Hyde.

Le dije que tenía que ir rápido a mi casa para evitar cualquier escena de esas que le gustaba montar. Insistió en acompañarme. En el trayecto comenzó con sus ironías tipo: Qué rápido hiciste amigos. Qué casualidad que estés estudiando con tu amigo de la facultad. Te arreglas mucho para ir a clases. Me alteró con sus comentarios de tal forma que le pedí que se estacionara donde pudiera.

  • Me siento atrapada, no soy feliz, estoy cansada de intentar demostrarte a menudo que no te engaño – lo miré fijamente a los ojos tratando de encontrar a Jekyll.
  • Ahora te haces la víctima – no disimulaba su exasperación.
  • ¿Qué cosa? Sabes qué, el ladrón juzga por su condición.
  • No me vengas con frases hechas. Si te bajas, no vuelves a subir.
  • Abre la puerta.
  • … – me miraba desafiante.
  • Dónde quedó el Jekyll que conocí y que me enamoró. A éste que estoy viendo no lo conozco. A caso no ves lo que me haces cuando no crees ni una palabra de lo que te digo. Te quiero, pero estás mal. Ves sospechas por todos lados. Si alguien me saluda, si no te contesto, si no puedo salir contigo, cualquier cosa es motivo para que tú dudes de mí. Estoy harta. ¡Basta!

Bajé del auto sin darle tiempo a que me responda. Es increíble como una persona puede alterar de tal forma tu estado de ánimo. Siento que aún lo quiero, pero él no ve el daño que me hace al no creer en mí, o tal vez sí lo ve y disfruta hacerme daño. Ese es Hyde.

Tal como lo esperaba (el guión de Hyde se repite continuamente), al día siguiente estuvo llamándome y enviándome decenas de mensajes disculpándose, excusándose en el daño que le hicieron sus relaciones anteriores (que lo engañaron según me contó), rogando otra oportunidad, prometiendo cambiar, diciendo que sin mí se moría… había caído en un círculo vicioso.

Hyde apareció y ya no puede volver a ser Jekyll. ¿O es que siempre fue Hyde y sólo fingió ser Jekyll?

Me da pena Hyde, es un ser vacío, un enfermo; pero si continuo a su lado la enferma seré yo.

Lo mejor es despedirme de una vez del Dr. Jekyll y de Mr. Hyde.

Yo no quiero catorce de Febrero

Una vez más, el catorce de Febrero, el consumismo flameó su bandera. La parafernalia del amor en su máxima expresión. No es que esté en desacuerdo con ello, o sea, genial para los que tienen negocios y ese día la rompieron (florerías, restaurantes, hoteles, etc.) bien por ellos. De lo que quiero hablar es de la forma en que algunas personas necesitan evidenciar sus relaciones y los detalles que han recibido en San Valentín. Debo empezar reconociendo que alguna vez yo también caí en ello (subí una foto a Facebook con mi “mejor es nada” de ese entonces), pero en mi defensa puedo alegar que la descripción fue corta y nada empalagosa, es más creo que sólo fue un emoji.

Las publicaciones “de amor” que he visto en San Valentín me llevan a meditar sobre las varias parejas que conozco que son felices juntos (eso se nota), que llevan una relación sana, que crecen y se apoyan mutuamente (como tiene que ser), que han formado una familia, hasta han cruzado el charco sólo para pasar esta semana juntos; ellos no publican huachaferías, es más casi ni publican fotos juntos, a lo mucho uno de ellos publicó en sus redes sociales una foto donde se demuestra la complicidad existente entre él y su pareja, pero sin ninguna ostentación de su “amor” (total no necesitan demostrar nada a nadie).

Por otro lado, están aquellas parejas que les gusta “exhibir su felicidad”. Como dice mi primo, un hombre que sin haber estudiado Psicología es muy observador del comportamiento de las personas y de las relaciones interpersonales: en las relaciones de pareja las cosas deben fluir naturalmente sin estar en poses para los demás y que los enamorados deben tener necesariamente gustos a fines. Dice, también, que cuanta más galantería se ve, es más falso el sentimiento. Yo concuerdo con ello, me recuerda  a la máxima de Freud: “Cuanto más perfecto luzca uno por fuera, más demonios tiene adentro”.

No me explico cómo si no tienes una buena relación de pareja puedes publicar “miel” cuando lo que hay es “hiel” o sea por qué aparentar (no se puede ocultar el sol con un dedo), se engañan a ellos mismos, pero en  fin…

Hasta siento un poco de pena porque la mayoría de mis conocidos ya pasaron los treinta años y a esta edad no nos interesa tolerar comportamientos que demuestren poco respeto e indiferencia, al menos a mí no me interesa. Los amores tóxicos que todos, por lo  menos, alguna vez hemos tenido y de los cuales aprendemos qué es lo que es imposible de tolerar, deberían quedarse en los veinte y así al llegar a los treinta años ya estamos curtidos, ya no podemos volver a tropezar con lo mismo.

A los treinta ya conocemos nuestras debilidades y fortalezas, no deberíamos aceptar menos de lo que sabemos que merecemos. Tenemos bien claro qué tipo de pareja queremos, dejamos de lado el aspecto físico y nos fijamos en características internas. Lo que buscamos es complicidad y afinidad, nada de que los polos opuestos se atraen, ese floro dejémoslo para los veinte en donde pasamos por alto muchos detalles que ahora en ningún caso lo haríamos. No podemos ser felices con la apariencia de que lo somos porque sería una especie de traición a nosotros mismos.

Yo no quiero catorce de febrero con rosas, chocolates, una cena romántica y unas fotos perfectas. Yo quiero que el hombre que esté a mi lado me respete todo el año, tenga detalles conmigo en cualquier fecha, que me deje ser yo misma; y por supuesto, que sea él mismo, sin ninguna careta.

¡Abrazos!

Zu